Dos hombres rotos
Carlos Molina: En esta tarde elegida, te ofrecemos un regalo especial. Mientras algunos lugares son acariciados por la lluvia y otros arden bajo el calor, hoy elegimos honrarte con nuestro obsequio.
Hugo: Tus manos son mi caricia, mi acorde cotidiano. Te amo porque tus manos trabajan por la justicia.
Hugo: Si te quiero es porque eres mi amor, mi cómplice en todo. Caminando codo a codo por la calle, somos mucho más que dos.
Carlos Molina: Muéstrame tus manos, muéstrame tu justicia. Enséñame con tus labios el calor de tus caricias. Quiero ser tu cómplice, quiero que te apoyes en mí. Quiero que, de todas las notas de mi piano, seas la nota mi.
Hugo: Si te quiero es porque eres mi amor y cómplice en todo. Caminando codo a codo por la calle, somos mucho más que dos. Por tu rostro sincero y tus pasos vagabundos, y tu llanto por el mundo, porque eres pueblo, te quiero. Y el amor no es solo una aureola, ni una ingenua moraleja. Somos una pareja que sabe que no está sola.
Carlos Molina: En mi mente, somos muchos. Aunque escucho a todos solitario entre las sombras, tu luz habita en mí. Me concentra, me orienta e ilumina mi camino. Permanece firme en la oscuridad, no me dejes solo en el deambular nocturno.
Hugo: Asomaban tus ojos una lágrima y a mis labios una frase de perdón. El orgullo habló y tu llanto eclipsó la frase de mis labios. Yo sigo por un camino y tú por otro, pero al pensar en nuestro amor mutuo, me pregunto por qué callé aquel día, y tú dirás por qué no lloré. Los suspiros son aire y se desvanecen en el aire, las lágrimas son agua y van al mar. Dime, mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes tú adónde va?
Carlos Molina: Por un segundo, vacilo entre el oscuro y divagante mundo. Entre las calles, dudando entre el olvido y el amor sincero, hay moralejas que susurran en mi oído, que dicen que aquel que se aleja lo hace por alguna queja. Quien te ama y te deja, no te olvida. Y siempre está cerca en tu rostro sincero. Quiero estar primero al amanecer y al anochecer, ver la luna y las estrellas antes de tu llanto, y navegar después de él, buscando tu sonrisa.
Carlos Molina: Pienso en un segundo, oscilo entre lo oscuro y lo divagante del mundo. Entre las calles, vacilo entre el olvido y el amor sincero. Moralejas cantan en mi oído, diciendo que aquel que se aleja tiene alguna queja. Quien te ama y te deja no te olvida. Y siempre está cerca, en tu rostro sincero. Quiero estar ahí, al amanecer y al anochecer, contemplar la luna y las estrellas antes de tu llanto, y navegar después de él, buscando tu sonrisa.
Hugo: Hoy, qué tristeza con el alma herida, sin encontrar quien oiga tu gemido. ¿Cómo dolerás al haber perdido todo el inmenso amor de mi vida? Con qué pesar, con qué remordimiento meditarás sobre nuestra truncada dicha, aquella dicha que duró un momento y nos dijo al despedirse: "Nunca se me figura verte tendida a medianoche sobre el techo, fijos los grandes ojos en la negrura, pensando en la tragedia de tu suerte. ¡Oh, tus horas de sueño y desaliento en las oscuras noches invernales, mientras fuera en la calle gime el viento y la lluvia golpea los cristales! ¡Oh, tu dolor en medio de las sombras, cuando añoras mi cariño santo, lloras de pena a media voz y nombras y dices: 'Nadie me querrá ya tanto'".
Carlos Molina: Maldita farsa que habita en la esperanza, que alza fervorosamente sus ojos al cielo lanzando su lanza. Maldito sea aquel que alcanza la presa y cae en sus brazos para devorarla. Del hambre, porque de los desechos ninguna persona se libra. Maldita la lanza, maldito el hombre que la lanza mal. Y así, al que alcanza...
Hugo: Vagabundo ayer, sin rumbo ni destino, te encontré de repente en mi camino. Sufriste al ver mi presencia y, ante la acusación de mi mirada, que llegó como un rayo a tu conciencia, inclinaste avergonzada tu frente. Cuánto has cambiado, ya no te conozco, tus hermosas pupilas que deslumbraron la noche de mi vida, ya no brillan como estrellas. Ya no hay luz en tus ojos, tus ojos que eran rojos, ahora son pálidos y ojerosos. Caminas por las calles desoladas, muda como una sombra misteriosa, y todas las miradas se fijan en ti al ver a una mujer llena de desaliento. En medio de la gente, inclinas tu cabeza pobre, y ellos dicen: "Agonía, sufrimiento, pobre mujer, muere de tristeza".
Carlos Molina: Muere de tristeza, maldita y rabiosa. Muere de tristeza, enferma de pulgas, llena de garrapatas por la mierda en la que te juntaste. Jálale el cabello, pregúntate cada día cómo pude dejar que las llagas no dejen de abrirse por la urticaria, por la picazón. Porque no sabrás por qué lo hiciste, porque la duda te seguirá. ¿Por qué? ¿Por qué me seguirá la duda a mí? Si alguien me sigue a mí, alguien te sigue a ti. Y espero que no te abandone.
Hugo: Comprendo tu dolor, una esperanza te apartó de mi lado. Crisis de la dicha, en nota disonante, creaste la quimera de un amor imposible. Fue un engaño y una maldición, por eso partiste sin mirar atrás. El abismo de la soledad te espera, en tu vano afán de encontrar lo que no existe. Pero, aunque no quieras oírlo, te espero con el corazón abierto, porque aún guardo en mí un hilo de esperanza.
Carlos Molina: ¿Dónde está la poesía en tus palabras? ¿Dónde está la métrica que marca el compás de nuestros pasos? ¿Dónde está la belleza que une nuestros versos? En tus letras veo una ausencia, una brecha entre lo que fue y lo que es. Pero, a pesar de ello, sigo aquí, dispuesto a recorrer contigo este sendero poético, en busca de la magia que una vez compartimos.
Hugo: Permíteme entonces cerrar esta herida y volver a unir nuestros versos en armonía. Que nuestras palabras encuentren su danza y nuestros corazones, su melodía. Sigamos tejiendo la magia entre líneas, pintando con tinta los sueños compartidos. Que nuestra meditación poética sea el reflejo de nuestro amor, un lazo eterno que nunca ha sido partido.

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